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En memoria de D. Antonio Caballer.

“El pirotécnico valenciano es un jardinero del fuego”

Transcripción del artículo publicado en la Revista Vértice nº 55, 4/1942 por José Antonio Pérez Torreblanca. pp 26, 27 y 89.

“Cuando hablé, por primera vez con un “cuheter” valenciano llevaba demasiadas pretensiones imaginativas. Lo mejor de los grandes fuegos artificiales es que se nos quedan dibujados en la cámara oscura del sueño y permanecen en el recuerdo mucho más tiempo que las demás alegrías de la fiesta. Tenía, pues, muy presentes aquellos viejos castillos de la infancia, cuyas rosas de fuego giraban como prendidas en la maceta, sujetas a una prohibición terminante de emprender el vuelo. Entonces la pirotecnia entraba en la categoría de las formas que pesan. Una excesiva preocupación euclidiana de los artificieros cerraban al fuego volante las puertas, del cielo. Giraban las ruedas de colores, dibujaban cornisas y guirnaldas, y sí algún cohete real crujía allá en lo alto, podía pensarse que su vuelo practicaba un remate de torre exactamente previsto en la total arquitectura del castillo.

La pirotecnia era todavía sierva de carpinteros y albañiles. Los retablos de fuego llevaban más madera que otra cosa, y el juego de imaginación en sus creadores se ceñía a las exigencias lineales del arte de edificar, y más al neoclásico que al barroco, porque la edad de oro de la vieja pirotecnia fue en las noches del Renacimiento italiano.

Y sin previo aviso, creyendo que la grandiosidad de las fiestas de fuego consistiría en una exacerbación de sus notas arquitectónicas a base de “bombardeos romanos”, de fuegos nevados y de “caprichos” de huerta, vi en Valencia el primer castillo de las fallas. De momento pensé que aquella magnífica concentración de fuegos volantes pertenecía al orden gótico. Una buscada levedad en el arranque de la cohetería, para encontrar muy alto el punto de la ojiva, y estallar en seguida en una plenitud de color de vidriera. Casi me imaginaba allá arriba, entre las nubes de petardetes color caramelo, los doce rostros intensos de los doce Apóstoles.

Pero continué viendo castillos valencianos. En todos había idéntica obsesión de ingravidez y alarde volante. No era posible suponer que los creadores de aquellas maravillas sometieran su inspiración a las rigideces de ninguna concepción arquitectónica, ni siquiera del gótico ascensional. Aquello era ya navegación libre, e incluso aviatoria. La pirotecnia civil había remontado el vuelo decididamente, y buscaba para sobrevivirse, como el entero impulso vital de nuestra generación, los caminos del cielo, ya muy trabajados por su hermana gemela la pirotecnia militar.

Todo esto he querido decir cuando afirmaba al comienzo que fui a conversar con un “cuheter” valenciano llevando por mi parte demasiadas pretensiones imaginativas.

Llegué a Moncada una mañana. En el plano de la Valencia pirotécnica, el círculo de la capitalidad pasa por tres puntos: Godella, Benimámet y Moncada. En los tres hay un cielo azul y tibio, dotado de maravillosas calidades transparenciales para hacer en él los ensayos privados del fuego artificial. Todo el cielo de Valencia es una magnífica ‘‘cámara aerodinámica” para el cálculo de las, luces de fiesta en las altas noches de estudio.

Me dijeron, que en Benimámet había un “cuheter” a quien llamaban el “loco del cielo”, por la temeridad con que lograba los tonos violetas, a base de azufre, que es peligrosísimo de manipular en contacto con los demás productos de la cabeza, del cohete.

Pero elegí Moncada porque allí tiene su estudio “el pirotécnico más viejo de todo el reino”. Acaso el más viejo del mundo. No sé si algún coreano, de esos que escriben con pólvora y goma laca el nombre de Hiro-Hito en los cielos japoneses, le llevará, todo lo más, tres o cuatro años. Los japoneses son los mejores pirotécnicos porque trabajan con sustancias sutilísimas, impalpables, envueltas en papel de arroz, leve como un suspiro. Y además siempre hay allí alguien más viejo que todo el mundo.

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Antonio Caballer Llorens “el Tort” (Fuente). Fundador de la firma Antonio Caballer Llorens, 1877. Segunda generación de una gran dinastía de polvoristas. Hijo de José Caballer Garcés y de Bárbara Verdeguer Albert.

Pero este viejo Zeus de Moncada vale un imperio, Tiene el taller taladrado en la tosca de su huerta, rodeado por dieciocho hanegadas de naranjos, de trigales y de esponjosa tierra abancalada, que es suya. El ruido de la machacadora de pólvora se abre paso entre vaharadas de perfume nupcial de los naranjos. Abajo, en la mina, trabajan las muchachas domesticando la pólvora en unos paquetitos de papel rosado, inocentes como caramelos baratos. Van y vienen los jóvenes, sus hijos, que han heredado la técnica, el peligro y la afición al fuego.

Antonio, el viejo Zeus de Moncada, es la estampa de un “llauraor” valenciano. El, que ha sido el genio creador de la pirotecnia, aeronáutica, toda ella superestructura, velamen sin obra muerta, habla de su oficio con la familiaridad que el jardinero trata de sus planteles. La pólvora negra y el nitrato de barita cobran en sus palabras una inocencia vegetal que encanuta. Dice: “Esto de la goma laca…” Y es como si estuviera hablando de la palomina, de la serpeta, del mejor abono para cultivar los azufaifos.

Lo que pasa es que el pirotécnico valenciano es un jardinero del fuego.

Hay tres palabras que este hombre no ha pronunciado en toda su vida: “fantasmagoría”, “gótico” y “taumatúrgico”. De modo que cuando le hablé de mis espontáneas clasificaciones de estilos, de tendencias más o menos académicas en la proyección de los voladores, el hombre se me quedó mirando con mucha compasión, y me avergoncé. Debí de tomar un aire terriblemente intelectual. El parpadeaba con su único ojo sano.

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El Mestre Coeter, En Juan García Estelles (centro) clavando un “masclet” en el suelo. (Fuente), durante el montaje del “Engraellat” en la Falla Almirante Cadarso-Conde Altea, 2010.

—Cuando tenía ocho o nueve años—me dijo—fui con mi padre a disparar un castillo en las fiestas de la Virgen. Andaba yo entre los palos de la instalación y los morteretes, mientras se iba pegando fuego a cada cosa. De pronto, un “masclet” hizo explosión antes de salir del cañón, y la metralla me llevó este ojo. Entonces fue cuando le torné afición al oficio…

 

El hortelano del fuego sigue en Valencia aderezando silenciosamente sus planteles de luces, guiado por estos ángeles, “isidros” del empirismo y la tradición familiar que le dispensan del estudio de la química orgánica. El “cuheter” lleva desleída su licenciatura en la masa de la sangre. Tres, cuatro y más generaciones, que en algún caso enlazarán con la flor de los artificieros moriscos, le han transmitido un patrimonio que consiste, sí, en la forma de manipular los ingredientes, pero sobre todo en el modo especial de situarse humanamente ante las fuerzas secretas, potenciales, del fuego. El mismo Antonio, esta estampa formidable de Zeus tuerto sobre fondo valenciano de naranjos y dinamita, me compara su afición—la afición que mantiene a todo pirotécnico en la práctica de una artesanía 110 siempre remuneradora—con la del torero.

—Uno no sabe por dónde viene el toro, mientras que ellos, poco más o menos, entienden bien por dónde han de engañarlo, porque lo ven. Figúrese usted quién podía esperarse el “derrote” que se me llevó este ojo…

Esto de juzgar con fuego a los jardines milagrosos del cielo es, con sus características actuales, como todas nuestras cosas, un fenómeno de casta. De mejorar, con nervio y con solera de sangre española, una forma de expresión poética que nos es extraña en su origen. No me refiero con esto solamente al pirotécnico, sino a su público. Hay una manera valenciana dé sacar el gusto a la pólvora; de olerla y de “sentirla”. Lo bueno de las tracas —y este año mi Zeus de Moncada ha quemado setenta mil metros de ellas en las fiestas falleras—, es saber aguantarlas de cerca sin pestañear, apretando los dientes, “pudiéndolas”. En fin: saber esperar de ellas, con los ojos abiertos, la visita de la muerte, estas guirnaldas de “trueno y estopi” se enreda nada menos que toda una actividad valenciana, española, ante la muerte militar. El que resista impávido una “cordá” de las que revientan en Torrente por las fiestas del Cristo, ese sabe ya lo que de fantasma, de tenebrosa escenografía, destinada a dañar el valor antes que la piel, hay en la deflagración de las granadas de guerra.

Nuestro mejor destino es recoger las grandes creaciones del mundo y rejuvenecerles la casta. Hay dos anécdotas muy significativas para este ensayo sobre la jardinería espiritual del fuego.

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Exposición Regional de Valencia : Concurso internacional de fuegos artificiales : Apertura 1º mayo 1909 – Stolz, Ramón, 1872-1924. BIVALDI

En 1909, para festejar la Exposición regional, los organizadores contrataron a “signore Chabotti”, el mejor pirotécnico italiano. Chabotti desplegó bajo la noche toda la delicadeza floral de sus colecciones. Pero lo que produjo verdadero asombro fue su modelo de “carcasa palmera”, que monumentalizaba en un momento la gracia crepitante y agigantada del árbol levantino. La sorpresa de los artificieros valencianos no tuvo límite. Aquello—me ha dicho el anciano Júpiter de Moncada—superaba los sueños profesionales del “cuheter” más ambicioso. Fue cosa de asaltar el almacén del italiano y deshacer en silencio una de aquellas bombas asombrosas para descubrirle el secreto. Antes de que Chabotti saliera de Valencia ya se disparaban aquí “carcasas” mejores que las suyas, con ocho y diez tiempos, y las más vistosas variaciones botánicas. Es muy posible que entonces se anidara el ciclo “aeronáutico” del fuego artificial, cuando ya los “Chaudron” de los primeros aeroplanos habitaban de falsas explosiones el cielo veraniego de Biarritz.

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Ca. 1921 (Fuente: eBay Italia)

En otras fiestas—no hace apenas diez años—hicieron acto de presencia los maestros de la pirotecnia inglesa. Tal vez la estampa literaria de los “water-musics”, coronados de luces artificiales de púrpura y esmeralda, que copiaban en las aguas del Támesis la sombrilla de la Reina Victoria, hizo augurar a los valencianos un espectáculo de estupenda belleza. Pero quemaron el primer castillo, y la gente apenas se percató. La pirotecnia inglesa era tímida, excesivamente insinuada, sin demasiado afán de grandiosidad, como para ser disparada en el jardín familiar después de la cena. A la noche siguiente, los piro-jardineros de Moncada tuvieron el éxito más grande de su vida.

—Veamos, maestro: ¿No habrá un tratado árabe de pirotecnia, aunque sea apócrifo, “escrito” por algún mozárabe de Denia? A mí, particularmente, es lo que más me gustaría descubrir…, o, en último extremo, falsificar. ¡Qué maravillas piroflorales pudo formular un moro levantino a base de azufre, pétalos de rosa y goma laca!

El buen viejo no sabe nada de historia de su oficio, y, sin embargo, lo hace muy bien. A duras penas se encontraría un huertano que haya leído a Plinio; pero aquí siguen naciendo rosas blancas para los ramos de bodas, tan fragantes como las de la Roma esponsalicia en tiempos del Emperador Augusto.

He sabido después otras noticias eruditas que me han llenado  de alegría. Sí hubo moro artificiero que escribió sus recetas a fines del siglo XII. Se llamaba Nedjen Eddin Hassan Alzammah; pero no me atrevo a asegurar—pues Ben Basan no lo dice—que naciera en Denia. Es lástima, pero, como si se me realizara un sueño, veo que sus recetas son enteramente jardineras: “flor de jazmín”, “garbanzos”, “guirnaldas”, “ flor experimentada”… Y, además, en un folleto cuyo autor se escondió detrás de “J. L. y A”, publicado en Zaragoza en 1853 (Imprenta de J. Magallón), hay recetas múltiples, tomadas secretamente a M. Francois Charlen, a base de “nitrate”, “clórate” (sic) de potasa, de estroncina, etc.

Cuando volví a decir estas cosas a Júpiter de Moncada, tonante y campesino, se me quedó mirando y riendo -con su único ojo sano.

Y es que estos hombres tienen más imaginación que el moro, el francés y el italiano juntos. Pero, además, la tienen en las manos, que es donde hace falta”.

Nota:

Diario “Las Provincias”: Tracas y fuegos artificiales animan las veladas, 1909.

“Los fuegos artificiales, en la Pista Central, han servido para atraer público a las numerosas veladas celebradas. Se ha organizado un concurso para estimular a los industriales pirotécnicos tanto a nivel nacional como internacional. Se contrató la casa inglesa Broock, que ha presentado los planos de tabletas. En ellos aparece el dibujo de buques, figuras y retratos, trazados con luces de bengala.

Han gustado mucho los voladores del oriolano Cánovas y la rueda de la guasa del granadino Hernández. El italiano Chiabotti asombró con carcasas de una a doce explosiones, productoras de inmensas palmeras de fuego y luz”.

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Encabezamiento tomado de: España en 1000 carteles / Jordi y Arnau Carulla
Impreso en el ángulo inferior derecho: “PRIMER PREMIO” (BIVALDI)

Diario “La Correspondencia de España”. Martes 10 de Mayo de 1910, página 4:

12.

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Juan García Estelles, “Mestre Coeter” y Javier Martínez Santamaría

Associació Cultural Templers de Burjassot©®

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