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En diciembre de 1584, Miguel de Cervantes contrae matrimonio con Catalina de Salazar seguramente por el capitalito de la chica, diecinueve años más joven que él, e hija de un hidalgo recién fallecido de Esquivias (Toledo).  Pronto la deja en el pueblo para buscarse la vida por España. Resulta curioso señalar que con la única que no tuvo descendencia, fue con su mujer legal.

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Partida de casamiento de Miguel y Catalina

Transcripción.: “En diez y seis días del mes de enero de 86, yo el Licdo. Gabriel Álvarez, teniente cura de San Martín velé a Miguel de Cerbantes y Catalina de Salazar, fueron padrinos don Pedro de Ludeña y doña Magdalena de Cerbantes, testigos Juan Delgado, Rodrigo de Cerbantes, Pedro (enmendado) de Montes deoca, Francisco de Laguna y Cristóbal de Peña. Licdo. Gabriel Álvarez (rúbrica)”

En este momento la familia Cervantes continúa planteando preguntas que siguen sin tener respuesta. Por ejemplo, ¿por qué motivos Miguel de Cervantes añade Saavedra a su apellido tras volver de Argel?  ¿Por qué en algunos escritos Constanza se apellida “de Ovando” y en otros “de Figueroa”? ¿De dónde provenía el dinero que prestaba Isabel de Saavedra a sus contactos si no tenía oficio? estas cuestiones, se enmarquen en un interrogante infinito, eterno, acrecentando el enigma de los Cervantes.

A principios de junio de 1586, Cervantes se encuentra en Sevilla, tras despedirse de su mujer en circunstancias nada conocidas. Aprovecha los preparativos de la expedición naval contra Inglaterra, decretada por Felipe II, para conseguir un empleo de comisario, encargado del suministro de trigo y aceite a la flota, bajo las órdenes del comisario general Antonio de Guevara.

Recorre los caminos de Andalucía para proceder a las requisas correspondientes, muy mal recibidas por campesinos ricos y canónigos prebendados, aún más reticentes después del desastre, en el verano de 1588, de la Armada Invencible.

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Acta que acredita a Miguel de Cervantes como Comisario para poder ejecutar recaudaciones y embargos

En agosto de 1594 se ofrece a Miguel de Cervantes una nueva comisión que lo lleva a recorrer el reino de Granada, con el fin de recaudar dos millones y medio de maravedís de atrasos de cuentas.

Cuando regresa a Sevilla, se produce la bancarrota del negociante Simón Freire, en cuya casa había depositado Cervantes las cantidades recaudadas. Su fiador, el sospechoso Francisco Suárez Gascó, pide su comparecencia, pero el juez Vallejo lo envía directamente a la cárcel real de Sevilla, cometiendo, por torpeza o por malicia, un auténtico abuso de poder.

Su estancia en la cárcel se prolongó varios meses y le dio ocasión a tener un trato prolongado con el mundo variopinto del hampa, verdadera sociedad paralela con su jerarquía, sus reglas y su jerga.

Cervantes, ejerciendo como recaudador en pueblos sevillanos, supo de la muerte de su madre, Leonor de Cortinas, acaecida en Madrid el 10 de octubre de 1593.

Miguel de Cervantes, siguiendo con su ardorosa vida sentimental, tuvo “una relación personal especial” con Magdalena Enríquez, bizcochera, vecina de Sevilla, casada y madre de dos hijos.

La relación con Magdalena Enríquez fue de tanta confianza que el autor del Quijote le concedió poder notarial para que le cobrara su sueldo como recaudador de impuestos. Un poder notarial fechado en Sevilla en julio de 1593.

Esta relación entre Magdalena y Miguel formaba parte de un  privilegiado círculo de amistades que Cervantes cultivó en Sevilla. En este grupo se encontraba Tomás Gutiérrez de Castro, cómico y dueño de una de las posadas más afamadas de Sevilla, en la calle Bayona -actual Federico Sánchez Bedoya- donde también tenía Magdalena su domicilio.

Magdalena, años más tarde, se desposó en segundas nupcias con el bizcochero Francisco de Montesdoca, quien también fue comisario real de abastos como Cervantes.

Magdalena aparece como una próspera comerciante, proveedora habitual de la Casa de Contratación de Sevilla, a la que suministraba importantes cantidades de bizcocho para las tripulaciones de los galeones de la Armada y Flota de las Indias, como lo acreditan numerosos asientos y contratos.

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Protocolo notarial con la firma de Cervantes facultando a la bizcochera Magdalena Enríquez a cobrar sus honorarios

En 1601, Felipe III fija la corte en Valladolid y en 1604 allá van los Cervantes a ganarse la vida. Catalina liquida la herencia materna en provecho de sus hermanos y acompaña a Cervantes a la nueva capital. Ya no se separarán hasta su muerte. Las condiciones de vida no fueron nada buenas: vivían en un cuchitril a orillas del Esgueva.

En 1606 se asientan en Madrid con el nuevo cambio de Corte. Catalina morirá en 1620.

Durante estos años se sientan las bases de una auténtica industria del espectáculo promovida por las cofradías de beneficencia que mantienen hospicios y hospitales con las ganancias de los ingresos por espectáculos. Este impulso favorece la construcción de salas permanentes: los corrales de comedias. Allí empiezan a representarse las primeras obras de Cervantes, de las que nos han llegado dos en copias manuscritas: El trato de Argel” y La NumanciaPor otra parte, se ignora el paradero de las veinte o treinta comedias que Cervantes declara haber compuesto por aquellos años.

En agosto de 1600 queda atestiguada su presencia en Toledo.  En enero de 1602 se sabe que estuvo en Esquivias en el bautismo de la hija de un matrimonio amigo. En el verano de 1604 se trasladó con su mujer a Valladolid, donde se reúne con sus hermanas y su hija Isabel. Allí encuentra al editor Francisco de Robles y consigue, el 26 de septiembre, el privilegio real que necesitaba para publicar su nuevo libro: “El valeroso caballero don Quijote de la Mancha”

Antes de publicar el libro, siguiendo la tradición del momento, Cervantes buscó algún autor de renombre que le escribiese unas poesías de elogio para que aparecieran en las primeras páginas de su obra. Pero no encontró  a nadie dispuesto; todos los que leían la novela la juzgaban mal: veían en El Quijote una rareza, una extravagancia que no se ajustaba a las modas del momento. No era ni un poema heroico, ni una novela pastoril ni tampoco una novela picaresca. Era solo una sátira sobre los libros de aventuras.

En los últimos días de diciembre de 1604 sale El Quijote de las prensas madrileñas del impresor Juan de la Cuesta, y muy pronto se observan los primeros indicios de su éxito.

Cervantes regresa a Madrid, de donde ya apenas saldrá, excepto para breves estancias en Alcalá y Esquivias. La única circunstancia en la que su destino estuvo a punto de tomar otro rumbo fue, en la primavera de 1610, por el nombramiento del conde de Lemos, protector suyo, como virrey de Nápoles. Varios acontecimientos de índole familiar marcan la vida del escritor durante estos años: desavenencias con su hija y luego una terrible sucesión de muertes: la de su hermana Andrea, la de su nieta Isabel y la de Magdalena, su hermana menor.

Todas estas desgracias le llevaron a acercarse a la Iglesia. Él, que había estado a punto de ser excomulgado.

Desde su regreso a Madrid, Cervantes comienza la continuación de las aventuras de don Quijote y Sancho. En el prólogo a las “Novelas ejemplares”, redactado en 1612, ya habla de que está terminando la obra. Durante el verano de 1614 escribió al menos 23 capítulos. Es entonces cuando aparece en Tarragona, el “Segundo tomo de las aventuras del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha, compuesto por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de Tordesillas.”

El nombre de Avellaneda no era más que una máscara, tras la que se escondía un desconocido que, hasta la fecha no se ha podido identificar, si bien todos coincidieron en que se trataba de un seudónimo de Lope de Vega. Sea quien fuere el autor de la obra, el prólogo de Avellaneda, atribuido a Lope, hirió profundamente a Cervantes, al invitarle a bajar los humos y mostrar mayor modestia, además de burlarse de su edad y acusarle, sobre todo, de tener “más lengua que manos”, concluyendo con la siguiente advertencia: “Conténtese con su Galatea y comedias en prosa, que eso son las más de sus Novelas: no nos canse”.

Cervantes contestó con dignidad a estas acusaciones: primero, reivindicó en el prólogo su manquedad; luego, en la misma narración, hizo que don Quijote hojeara el libro de Avellaneda, al coincidir en una venta con dos de sus lectores, decepcionados por las necedades que acaban de leer; por fin, incorpora a la trama del suyo a don Álvaro de Tarfe, uno de los personajes inventados por el plagiador, dándole la oportunidad para conocer al verdadero don Quijote y comprender que el héroe de Avellaneda se hizo pasar por él.

La visita de unos caballeros franceses que acompañaban al embajador Sillery, enviado a España para negociar la unión de Luis XIII con Ana de Austria, nos da una idea de la fama de Cervantes más allá de nuestras fronteras. Nos lo cuenta Francisco Márquez Torres, censor de la Segunda parte de Don Quijote:

“Muchos caballeros franceses de los que vinieron acompañando al embajador, tan corteses como entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron a mí y a otros capellanes del cardenal, deseosos de saber qué libros de ingenio andaban más válidos, y tocando a caso en este que yo estaba censurando (la segunda parte de Don Quijote, apenas oyeron el nombre de Miguel de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la estimación en que, así en Francia como en los reinos sus confinantes, se tenían sus obras: La Galatea, que algunos dellos tiene casi de memoria la primera parte désta, y las Novelas. Fueron tantos sus encarecimientos, que me ofrecí llevarles que viesen el autor dellas, que estimaron con mil demostraciones de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor su edad, su profesión, calidad y cantidad. Halléme obligado a decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió estas formales palabras: “Pues, ¿a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público?” Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento y con mucha agudeza, y dijo: “Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia, para que sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo.”

Durante  los últimos meses de su vida, Cervantes dedicará las pocas fuerzas que le quedan a concluir Los trabajos de Persiles y Sigismunda”. Tras prometer el Persiles” año tras año, Cervantes concluye su redacción cuatro días antes de su muerte. Será la viuda la que entregue el manuscrito póstumo, en enero de 1617.

El 18 de abril recibe los últimos sacramentos y Cervantes sabe ya que se está muriendo. La sed inextinguible, que él mismo confiesa, nos remite a una posible diabetes, enfermedad mortal en la época. Al día siguiente de recibir los últimos sacramentos, aprovecha un breve respiro para dirigir al conde de Lemos una admirable dedicatoria. El 20 de abril, dicta de un tirón el prólogo del Persiles” y concluye dirigiéndose al lector:

“Mi vida se va acabando y al paso de las efemérides de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida (…). Adiós gracias; adiós donaires; adiós, regocijados amigos: que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida.”

Le llegó el tiempo de morirse. No quiso hacerlo sin una despedida antes. De ese modo llegó a lo que acabaría siendo el prólogo del Persiles, las dos cuartillas más estremecedoras y sentimentales de toda nuestra literatura. Figuran en él las últimas palabras que salieron de su pluma. En una vida tan llena de calamitosos desaires no podían ser otras que éstas:

A DON PEDRO FERNÁNDEZ DE CASTRO: Conde de Lemos, de Andrade, de Villalba; Marqués de Sarriá, Gentilhombre de la Cámara de su Majestad, Presidente del Consejo Supremo de Italia, Comendador de la Encomienda de la Zarza, de la Orden de Alcántara

Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan:

“Puesto ya el pie en el estribo”, 

quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras la puedo comenzar, diciendo:

    “Puesto ya el pie en el estribo,
    con las ansias de la muerte,
    gran señor, ésta te escribo”.

“Ayer me dieron la Estremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a Vuesa Excelencia; que podría ser fuese tanto el contento de ver a Vuesa Excelencia bueno en España, que me volviese a dar la vida. Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos, y por lo menos sepa Vuesa Excelencia este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle que quiso pasar aun más allá de la muerte, mostrando su intención. Con todo esto, como en profecía me alegro de la llegada de Vuesa Excelencia, regocíjome de verle señalar con el dedo, y realégrome de que salieron verdaderas mis esperanzas, dilatadas en la fama de las bondades de Vuesa Excelencia. Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de las Semanas del jardín, y del famoso Bernardo. Si a dicha, por buena ventura mía, que ya no sería ventura, sino milagro, me diese el cielo vida, las verá, y con ellas fin de La Galatea, de quien sé está aficionado Vuesa Excelencia. Y, con estas obras, continuando mi deseo, guarde Dios a Vuesa Excelencia como puede. De Madrid, a diez y nueve de abril de mil y seiscientos y diez y seis años”.                                                                                    

Criado de Vuesa Excelencia, Miguel de Cervantes

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Detalle de la Dedicatoria de Cervantes al Conde de Lemos

El viernes, 22 de abril, Miguel de Cervantes muere. Al día siguiente, en los registros de San Sebastián de Madrid, su parroquia, se consigna su muerte, el sábado 23, día de su entierro. Fue enterrado en el convento de las Trinitarias, aunque sus restos fueron dispersados en la reconstrucción del convento.

De cualquier forma, las lagunas en la vida de Miguel de Cervantes, son  tantas que ni siquiera se sabe con certeza si su tumba está o no en el convento de las Trinitarias de Madrid.

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Partida de defunción de Cervantes

Fracasado de todos los negocios, trabajos y amores, dedicó y triunfó su vida a la literatura. La primera parte del Quijote, conoció el mayor de los éxitos, no siendo consciente del todo. Vino luego la segunda parte del Quijote, y póstumo, el Persiles. Pero ni logró la estima de sus colegas, que lo orillaron, ni supo ni pudo mantener dignamente a una familia integrada por mujeres, todas las cuales, excepto la suya propia, vivían más o menos del trato solapado con los hombres.

Todo lo cual ¿no le llevaría a don Miguel a decir… En qué se ha ido mi vida?.

Jesús Moya Casado

Associació Cultural Templers de Burjassot©

Final

LA OTRA VIDA DE CERVANTES (I) https://templersdeburjassot.wordpress.com/2017/04/24/la-otra-vida-de-cervantes-i/

LA OTRA VIDA DE CERVANTES (II) https://templersdeburjassot.wordpress.com/2017/04/25/la-otra-vida-de-cervantes-ii/

LA OTRA VIDA DE CERVANTES (III) https://templersdeburjassot.wordpress.com/2017/04/26/la-otra-vida-de-cervantes-iii/

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