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Decía Ciorán que, “solo actuamos bajo la fascinación de lo imposible”. Podríamos añadir que cuanto más imposible y utópica es la aspiración, más crece nuestro interés y esfuerzo por conseguirla. Pero, sin duda, esta cita a quien afectaría primordialmente es a los artistas, cuyas redes, entretejidas de sueños,  crean bastante desorden interior.

Aún sabiendo que el propósito es inalcanzable, y precisamente por eso, redoblamos nuestro esfuerzo hacia esa meta ubicada en el infinito, sin perder por ello la esperanza. En ese sentido somos bastante arrogantes, pero, ¿Qué serían nuestras obras si no  estuvieran teñidas, aunque fuera solo  ligeramente, por la gozosa vanidad de  querer alcanzar lo inalcanzable? ese imposible, a veces tan caprichoso, a veces tan fantástico, que nos impide ver la realidad tal cual es, sin añadidos, encantamientos ni prodigios, desnuda y objetiva. Ella, absoluta protagonista de sí misma.

Ver la realidad supone uno de los esfuerzos más sobrehumanos que se nos exigen. Y, por lo que parece, no hay muchas personas capaces de renunciar a la imaginación y a otras envolturas, más a menos engañosas, que disfrazan lo que es evidente y  objetivo. Pero, el ser humano siempre se ha movido influenciado por su falta de realidad. Si Miguel Ángel hubiera sido objetivo, habría renunciado, sin duda, a pintar la Sixtina,   los autores del fantástico friso del Altar de Pérgamo, no hubieran dado ni un solo golpe de cincel para realizarlo, y así sucesivamente, hubiera ocurrido en otras ocasiones. Por ello, los artistas siempre se han dejado arrastrar por la locura de sus aspiraciones y hechos imposibles.

Izquierda: Atenea y Alcioneo del friso del altar de Pérgamo Mármol, altura del friso: 2,30 m Staaliche Museen zu Berlín- Preussicher Kulturbesitz Perganomuseum. Derecha:  Bóveda de la Capilla Sixtina, fue pintada entre 1508 y 1512 por Miguel Ángel. Ciudad del Vaticano (Roma).  Creación del sol y las plantas (Wikipedia).

Cuando uno se siente artista, no le resulta fácil librarse de proyectos fantásticos. Y se da muchas escusas para justificar  el empeño que pone en pensar que la belleza debería presidir nuestras vidas y ser un  objetivo, al menos bastante alcanzable como para ser realizado.

Sin embargo, la belleza es escurridiza, porque cuando se pretende centrarla en un canon de sabiduría, enmarcada por límites, se enfría ostentosamente y su canto suena a superficial, a escenográfico. Por eso es tan difícil encontrar el punto exacto entre lo emocionalmente objetivo y lo racionalmente subjetivo. Una paradoja que podría  resultar un divertimento, si no fuera dramática.

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Escultura “Despertar”,  realizada por el escultor Julio Benlloch Casarés en 1916 frente al hemiciclo… recubierto de la trepadera bignonia rosa (Podranea Ricasoliana).           A.M. Piles (2009) Guía de jardines históricos y parques urbanos de la ciudad de Valencia. p 63. Ayuntamiento de Valencia.

Hoy, ubicados en la cultura del entretenimiento, echamos en falta una educación de la sensibilidad  que nos haga profundizar en ideas que pueden ayudarnos a salvar posiciones esquemáticas y aumentar nuestra percepción y aprovechamiento de lo que es bello.

Por  todo lo dicho, proponemos un ejemplo que nos afecta a todos y que está relacionado con la concienciación de una forma de entender la belleza que sea un objetivo: transformar la apariencia de la ciudad.  Queremos que ésta sea  más bella, o al menos,  más singular. Nuestro deseo se manifiesta, y lo expresamos en su valoración subjetiva sin  detenernos en analizar si los slogans que nos vienen a la mente son fruto de una propaganda utilizada para convencernos de su contenido o si, por el contrario,  tienen algo que ver con la realidad.

En nuestra ciudad, Valencia, abundan las zonas verdes, generalmente en proporciones  exiguas  pero suficientemente distribuidas por sus espacios para que  tengamos la sensación de que el contacto con la naturaleza es adecuado y agradable. Sin embargo, no nos percatamos de que falta un elemento cromático importante, es decir, que  nuestro municipio acusa un déficit extraordinario en la belleza natural que proporciona la floración de diversas especies que podrían proporcionar una visión más ornamental y cromática a los conjuntos verdes. La situación no es ni buena ni mala; es incompleta. Los mimetismos han ganado la batalla. Y en ella se ha perdido la personalidad del lugar y el aprovechamiento de unos recursos que están en relación directa con el clima y con la escasez de agua. No somos un país centroeuropeo. Esto quiere decir que hay soluciones  económicas viables para que, en algunos puntos estratégicos, se intensifique el empleo de plantas como pongo por caso, la buganvilla que puede permanecer  en macizos de baja altura o cabalgando sobre pérgolas y otros elementos, que distribuyan su variado colorido en alzados construidos en diversos enclaves. La tarea, que podría ser bastante utópica, tendría que ser asumida con el convencimiento de que sólo sería factible, si hubiera una voluntad consciente de cambio  y  una aspiración justificada hacia la consecución de un logro deseable y real.

En cualquier caso, se trataría de proporcionar al entorno una visión diferente de la actual que posibilite  deleitarse, e incluso recrearse, en una contemplación activa  que facilite un mayor placer estético y la satisfacción de estar colaborando en que dicho entorno, sea creativo, agradable, propio y a la vez peculiar.

Qué hacemos los artistas al no intervenir en  estas decisiones? Porque se trata de una cuestión estética. Se trata de aumentar la belleza de nuestras zonas verdes y dar “carácter” a nuestra ciudad. Aprovechar los propios recursos de manera original debería ser un objetivo prioritario. Hemos vivido de espaldas al mar y a la huerta. Eso, y el colorido de nuestros parques, debería ocupar nuestros esfuerzos a fin de no perder lo que está  más  relacionado con las  peculiaridades de nuestro entorno.

Sin duda, habría que proponer un sistema singular para crear, como decía Owen “un nuevo espíritu y una nueva voluntad en todo el género humano, y para  conducir a cada uno, a través de una necesidad irresistible, a tornarse consecuente, racional, sano de juicio y de  comportamiento”.

Tal vez habría que empezar por pensar el jardín y las zonas verdes para plantearse una utopía inofensiva, un gran cambio, que propusiera   usar  la fascinación de lo imposible en lo más cotidiano.

Aurora Valero.

Académica Numeraria de la Real Academia de San Carlos de Valencia. 16 de noviembre de 2010 

Diciembre de  2016

Listado de todos los parques y jardines de Valencia:  http://www.visitvalencia.com/es/que-visitar-valencia/parques-y-jardines/todos-los-parques-y-jardines

Associació Cultural Templers de Burjassot©

 

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