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Capítulo IV y Final

Desde las primeras horas de la mañana reinaba en la ciudad gran tumulto y agitación, á consecuencia del espectáculo terrible que había de verificarse con beneplácito de algunos, desaprobación de muchos y ansiedad por parte de todos.

No hay duda que mosen Pertusa era generalmente aborrecido; que nadie ignoraba sus desmanes y desarreglos; que nobles y plebeyos estimaban en mucho al difunto gobernador, anhelando por esta causa no quedase impune su villano asesinato; pero también es cierto que don Juan con sus protestas de inocencia; las pruebas irrecusables de ella que ofreció al tribunal; el consecuente apoyo que le proporcionó el Justicia contra la sentencia de don Martin, y el natural interés que, para honra del corazón humano, escita cualquier reo condenado á muerte, había conmovido los ánimos en disposición de temerse algún tumulto en favor de aquella victima de la crueldad, según manifestaban los hechos acreditados.

De aquí resultó el aparato militar de que se veía rodeado el lugar de la ejecución, y que fuertes cuadrillas de ballesteros y almogávares recorriesen las calles prendiendo en la casa del Temple á varios de los más exaltados, y lo que aun era de peor agüero, depositando á otros en la plaza del Mercado, donde con sorpresa se vio aquel día levantar una horca como por ensalmo, y disponerse á funcionar á la menor insinuación del capitán de caballos encargado de mantener la tranquilidad á toda costa en aquel importante sitio y contornos adyacentes.

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Fragmento del plano de Mancelli de 1608, en el que se observa la configuración de la plaza y de la horca de obra que describe Orellana.

Tantos aprestos bélicos solo consiguieron escitar la curiosidad pública, ya de suyo llegada al último estremo; de manera que cuando se aproximó la hora funesta, no solo las avenidas de la plaza de la Catedral, estrecha entonces y ahora nada espaciosa, se hallaban cuajadas de inmensa concurrencia, sino también las ventanas y terrados ofrecían un espectáculo de agrupamiento muy pocas veces conocido.

Cuando el reo salió de su casa, donde se hallaba preso, un sacudimiento convulsivo agitó el mar de cabezas humanas que bullían por do quier, gritando, gesticulando de mil maneras, apretando los que venían á los que hacía tiempo esperaban en mejor sitio, y destacándose inmóvil é indiferente sobre confusión tan atronadora, el verdugo de la ciudad, de pié apoyado en el tajo ignominioso, dominando la escena desde lo alto de la plataforma, no con los brazos desnudos y la cabeza descubierta como se acostumbra pintar á los de su clase, sino muy al contrario, revestido con su capa amarilla y calado un sombrero blanco, y en él una pequeña escalera de metal, traje que se le obligaba á llevar en los actos de oficio, pena de diez sueldos de rebaja en su consignacion.

Apareció en esto el fúnebre convoy, y avanzando lentamente, llegó hasta el primer escalón del suplicio, donde se detuvo para dar tiempo al desgraciado Pertusa de conferenciar un rato con los padres dominicos que le rodeaban, antes de aparecer en el tablado; bien compuesto con su atavío de luto, tranquilo sin arrogancia, grave y severo, cual conviene manifestarse al que, persuadido de su inmoral destino, prepara el espíritu á dar cuenta al Creador justo y misericordioso, de una larga carrera de faltas y miserables errores.

Ascendió luego mesurado y firme hasta ponerse junto al banquillo, donde solicitó del juez real permiso para dirigir al pueblo una manifestación importante.

—No solamente os le concedo, respondió el magistrado, sino que me huelgo en lo que solicitáis, persuadido cumpliréis como debe un caballero cristiano.

—Así Dios me perdone como buena es la intención que llevo, —respondió el sentenciado, y volviéndose á la multitud hizo con la mano demostración de reclamar silencio, y cuando le vio restablecido, con clara voz y levantado acento pronunció la siguiente confesión:

—Ilustres varones y hombres todos del estado llano de la ciudad y reino de Valencia: voy á sufrir el castigo merecido con justicia, como asesino alevoso del ilustre gobernador don Ramón Boil. Arrebatado de un aborrecimiento sin causa contra tan digno señor, determiné darle muerte al pasar por delante de mi casa, la noche del 6 de enero. Para mejor desvanecer las sospechas, convoqué algunos amigos, con los que permanecí jugando hasta el punto que un esclavo, a quien tenía prevenido, me advirtió se acercaba mi rival. Entonces, pretestando un quehacer repentino, bajé á la calle por una escalera secreta, y dando de puñaladas impunemente al descuidado caballero, volví sin perder momento á continuar la partida. Después, tratando de salvarme, aumenté con la mentira la enormidad del crimen anterior. He aquí, amados hermanos, la exactitud del hecho. Ruego al Dios vivo, ante quien voy á presentarme, que tomando en cuenta esta declaración, hecha de motu propio, y solo estimulado por el aguijón de la conciencia, se digne recibirme en su santa gracia, y á vosotros, suplico en caridad, rogueis por la víctima y el matador, á quien el tiempo falta para demostraros cual fuera menester el saludable escarmiento que debéis sacar de la justicia que conmigo se hace.

Terminado su discurso arrodillóse el reo, y apoyando el cuello sobre el tajo recibió el golpe fatal en medio de las oraciones y lágrimas de todo el pueblo, que no cesaba de lastimarse de aquella desdicha ni de aplaudir admirado la sabiduría de don Martin IV.

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De allí en adelante se dio á la calle donde ocurrió el suceso el nombre de los Santos Reyes, por haberse cometido el delito en la noche de esta festividad, se construyó el altar, y por un raro capricho, se colocó al revés la leyenda a que se refería el lance, para escitar en mas alto grado la curiosidad del observador.

DIONISIO CHAULIÉ.

Dionisio Chaulié y Ruiz (Madrid, 1814 -5 de agosto de 1887) fue un periodista, tipógrafo y escritor español.

Dirigió la Imprenta del editor Francisco de Paula Mellado o de la Sociedad Española de Crédito Comercial.

Fundó El Tipógrafo (1862-1863) y fue redactor jefe de El Tiempo y director de El Globo Ilustrado (1866-1867).

Colaboró en El Museo de las Familias, Occidente de Asturias, Flor de la Infancia, La América y Revista Contemporánea, para la cual escribió una serie de cuadros de costumbres que reunió luego en el libro Cosas de Madrid: apuntes sociales de la Villa y Corte (Madrid: M. G. Hernández, 1884; segunda edición Madrid: M. M. de Santa Ana, 1886, tres vols. con los títulos Memorias íntimas, Informes de un testigo y Aventuras de dos prisioneros de guerra), reimpreso varias veces modernamente.

Transcripción Jesús Moya Casado

Associació Cultural Templers de Burjassot©

 

LA CALLE DELS SANTETS. Crónica valenciana (I)  https://templersdeburjassot.wordpress.com/2017/02/28/la-calle-dels-santets-cronica-valenciana-i/

LA CALLE DELS SANTETS. Crónica valenciana (II)  https://templersdeburjassot.wordpress.com/2017/03/01/la-calle-dels-santets-cronica-valenciana-ii/

LA CALLE DELS SANTETS. Crónica valenciana (III)  https://templersdeburjassot.wordpress.com/2017/03/02/la-calle-dels-santets-cronica-valenciana-iii/

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