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Hace algunos años fui á Valencia por primera vez, ansioso de admirar además de su incomparable vegetación y fértiles campos, los preciosos monumentos atesorados en la ciudad del Cid, tan importantes para el conocimiento de nuestra historia.

Esta fue una de las ocasiones en que, á imitación del ciervo de la fábula, agradecí á la Providencia la buena organización que tuvo á bien conceder á mis piernas, pues á no contar con un par de ambulatorios elásticos y firmes como dos correas, hubiera desfallecido en las espediciones sin tregua, emprendidas dentro y fuera de la población, llevado por el afán de curiosearlo todo, como espía en fortaleza enemiga.

Porque bueno será advertir que siempre evité cuanto pude entrar en las famosas tartanas, vehículo de sacudimientos imponderables que perfeccionado algún tanto hubiera constituido en tiempo de Nerón ó Diocleciano, un instrumento de tortura no despreciable para hacer conseguir la vida eterna á los dichosos favorecidos con la suficiente gracia para no blasfemar en semejante potro.

Ello es que con mejor ó peor fortuna, á pié ó á caballo, zarandeado ó con sosiego, en compañía de algún amigo que me favorecía con su instrucción, ó bien solo y á la ventura, llegué con mis escursiones a la calle y plazuela cuyo nombre sirve de epígrafe á este deslavado artículo.

Por entonces se prolongaba dicha calle desde la esquina de la del Gobernador Viejo hasta la puerta de la iglesia de la Congregación, antes del ensanche de la plaza de este nombre.

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Fuente: Plano del padre Tosca, señalada con el nº 16 la iglesia de santo Tomas y frente a ella las dos manzanas de casas y la C/ y P/ dels Santets

Nada vi en aquellas inmediaciones digno de merecer observarse; ni siquiera un altar ovalado que se alzaba del piso como unos cinco pies, con figuras de bajo relieve de argamasa y yeso, representando la adoración de los Santos Reyes. Mas por qué tanto cuando me disponía á pasar de largo, advierto una inscripción casi borrada á la que flecho los lentes con ánimo de interpretarla, escitado por la misma confusión de los caracteres. ¡Esperanza fallida! Solo consigo después de repetidos esfuerzos, entender algunas palabras y convencerme de que se hallaba colocada al revés.

Sin perder momento traté de tomar informes de las personas que pudieran dármelos exactos acerca de la causa de tan rara circunstancia; pero todos se contentaron con decir, que, así estaba el rótulo desde tiempo inmemorial por ignorancia de los operarios que lo esculpieron, afirmando su parecer con la autoridad de algunos libros en que vi reproducida la misma opinión.

Ni habladas ni escritas tuvieron fuerza estas razones para dejarme satisfecho, pues ¿cómo suponer tan crasa torpeza en el encargado de la obra, é indiferencia de tal especie en los que dejaron el error sin enmienda? No era esto posible en un pueblo emporio de artistas eminentes, museo de la escuela valenciana, una de las principales de la pintura española.

Al cabo, á fuerza de averiguaciones, encontré solución al problema, que luego ha tratado también el entendido cronista don Vicente Boix, aunque por la índole de su obra mucho mas ligeramente, si bien con más elegante estilo que yo podré hacerlo en la siguiente leyenda.

El año 1406 vivía frente a la calle del Trinquete de Caballeros, un magnate valenciano llamado mosen Juan Pertusa, temido en la ciudad por los muchos deudos y parciales que seguían su voz, y la consiguiente importancia que le daba esta poderosa circunstancia en aquel tiempo de bandos y parcialidades de familia. Al abrigo de la impunidad había largo tiempo dado rienda suelta al perverso carácter de que se hallaba dotado, aumentando la serie de sus desmanes tanto como crecía el temor en las víctimas elegidas como blanco de sus rapiñas y torpezas. Así continuó sin freno ni ley que le pusiese raya, hasta que sosegadas por la prudencia y firmeza del buen rey Martin el Humano las poderosas banderías de los Centellas y Soleres, conoció Pertusa había pasado el tiempo de ejercitar sus malas artes, sin añadir la disimulada bellaquería al desenfado con que siempre se condujo hasta entonces.

Poco después fue nombrado don Ramón Boil gobernador general de la ciudad, y su rectitud, clemencia, entereza y agrado para con los populares, le atrajeron desde un principio la estimación de todos, acabando de apurar la paciencia á mosen Juan, que vio en este nombramiento un obstáculo insuperable á sus desafueros.

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Fuente: Martín de Viciana indica como blasón de la familia Buyl o Boil

De aquí nació la mortal enemistad que desde un principio concibió contra él, dedicándose á propalar cuantas calumnias puede discurrir la malevolencia, á fin de malquistarle con el soberano y desacreditar su administración con la gente vulgar, siempre dispuesta á conceder asenso á las versiones más disparatadas y absurdas.

Pero el soberano de Aragón llevaba también con justicia el sobrenombre de Sabio, y la opinión pública no se dejó estraviar, haciendo justicia á las eminentes dotes del magistrado; de consiguiente las difamaciones del trapacero señor quedaron sin efecto, sirviendo solo para que se aumentase su ojeriza é indicarle debía poner en juego ardides mas á propósito, si quería desahogar su pecho de la rabia que le sofocaba.

Como á los mal intencionados suele cegar la perversidad hasta el punto de no detenerse en inconvenientes, con tal de conseguir el fin que se propusieron, aunque arrebatados siempre por el torbellino de la pasión hacia el abismo donde ha de sepultarlos su obstinado desvarío, hallan por lo común arbitrios ingeniosos favorables á sus planes, desconocidos para todo el que ajuste su proceder á las reglas comunes de la moral y el pundonor.

Por esta razón discurriendo Pertusa como dar sentimientos á su inocente enemigo, meditó arrebatarle el cariño de una muy noble señora con quien trataba casamiento y se hallaba próximo á celebrar esponsales.

Rico y de bella presencia, de noble cuna y más larga práctica en lides amorosas que sus pocos años pudieran hacer sospechar, hubiera sido un rival temible con otra mujer de menos altas prendas que doña Teresa de Planamunt, ante cuya inquebrantable fé y honestidad ejemplar vinieron a desbaratarse cuantos amaños y arterías puso en juego la malicia de aquel hombre indigno y fementido. un día y otro mosen Pertusa disipaba largas horas haciendo terrero ante la casa de la dama, sin que se levantase una celosía ni por un resquicio de ventana hubiera quien diese muestra de apercibirse de ello.

Las joyas de gran valor que á fuerza de soborno conseguía poner sobre los escritorios ó recámaras de la incorruptible beldad, eran devueltas á sus manos por los mismos zurcidores de voluntades, encargados de su buen despacho, resueltos á no repetir sus tentativas asustados con la perspectiva del castigo con que se les amenazó, ó imposibilitados de hacerlo, despedidos como quedaban del lado de su señora, si por acaso era alguno de sus sirvientes quien se había permitido semejante bellaquería. Ni los estuches ó cajas daban indicios de haberse abierto, ni siquiera las ricas telas de preciado tisú, manifestaban en sus dobleces haber pagado tributo á la curiosidad femenil, así como fue suficiente motivo en ocasiones para que la dama desechase el traje de más valor, la circunstancia de ostentar el galán los mismos colores que le distinguían.

De tal manera lo que dio principio como calculada venganza, concluyó por convertirse en pasión abrasadora para el atrevido que desconociendo el famoso axioma de “No hay chanzas con el amor,” se vio enredado entre los mismos lazos tendidos por su malicia contra la constante mujer que le puso con sus desdenes á término de perder la serenidad y calma de espíritu á que siempre había debido el buen resultado de sus empresas una mañana que doña Teresa se había detenido en la catedral más de lo acostumbrado después de la misa solemne, acercóse á tomar agua bendita, seguida por su dueña y escudero, á tiempo que se adelantó á ofrecérsela don Juan saludándola cortesmente y pidiendo licencia para irla sirviendo hasta la puerta de su casa.

—Retiraos, caballero, —contestó la dama sin aceptar ninguno de los ofrecimientos—; habrá muchas partes donde sean apetecidos vuestros obsequios, y es lástima que los prodiguéis donde solo molestia causan.

—¿Eso decís? — repuso el importuno amante, á la puerta ya de la iglesia, trémulo de cólera—; mirad que soy obstinado y pudiera muy bien pasar del rendimiento á una desesperación estrema de fatales consecuencias.

—Juzgo que me dirigís amenazas, —añadió la señora—, perdonad esta suposición tan ofensiva, y espero declaréis francamente las intenciones que os animan para proceder yo con arreglo á ellas.

—Solo os advertiré, —dijo Pertusa, cada vez mas fuera de sí—, que habéis de ser mía ó de ninguno.

Y sin hablar otra cosa tomó por una callejuela inmediata, dejando á doña Teresa llena de sobresalto conociendo lo a propósito de su descortés solicitador para llevar á cabo cualquier siniestro pensamiento.

Sin embargo del empeño que puso la de Planamunt en ocultar esta insolente escena, no se mantuvo el secreto tan bien guardado que dejase de llegar á oídos de don Ramón, el cual á fuer de bien nacido, desdeñó valerse en causa propia del poder que le daba su destino para contener á su rival en los justos límites de la prudencia; antes bien determinando avistarse con él y provocar una esplicacion terminante fuese á buscarle hasta dentro de su habitación, donde no pudo negarse á recibirle mosen Juan, poniéndole buen semblante y aun dando señales de regocijo, creyendo así desvanecer toda sospecha para mejor adormecerle en su dañosa seguridad.

—Sea muy bien llegado á mandar en esta su casa el señor gobernador, —decía saliendo á recibirle hasta fuera de la segunda pieza de recibo y conduciéndole después al estrado principal.

—Espero, caballero, saber vuestros deseos para honrarme en ejecutarlos, —continuó ofreciéndole silla sin permitir sentarse hasta que don Ramón lo hubo ejecutado en silencio, guardando siempre mesurado continente, sin estrechar la mano que Pertusa le alargaba.

—Esperad, don Juan, —dijo por fin—; poned término á vuestros cumplidos, no sea que á la postre de nuestra conversación os tengáis que arrepentir de haberlos prodigado á quien desea no veáis en él ni al gobernador que os honra ni mucho menos al entrañable amigo. ¿Palidecéis, mosen Pertusa? Pues preparad entereza, que aun estamos muy á los principios. He sabido con seguridad que habéis dirigido groseros insultos á una señora á quien respeto á par de mi fé de caballero, llevando el atrevimiento hasta el estremo de amenazarla con vuestra indignación si por acaso elegía otro dueño que vos no fuese : he aquí, pues, que yo poseo su palabra de esposa y vengo á proporcionaros la ocasión de realizar el intento que manifestasteis á la puerta de la catedral, si no es que tal vez seáis más ligero de palabras para insultar á una dama que fuerte de brazo para herir á un hombre de armas en el pecho; mas tened por seguro que, si acaso os atrevéis de nuevo á molestar los oídos de doña Teresa con razones importunas, he de arrancaros la torpe lengua para azotar con ella vuestro semblante falso y desleal. Por mi parte nada mas tengo que añadir, ahora vos sabréis lo que habéis de hacer.

Calló don Ramón y aguardó con reposo la contestación de su rival, que, aturdido y sofocado por la ira, se hizo esperar algunos momentos antes de prorumpir en las siguientes razones, dictadas no sé si por el miedo ó por la cautela.

—En verdad, señor Boil, que si no fuera desvanecido por el favor que gozáis cerca de S. A. el rey, y la suprema autoridad que os garantiza, ni vuestras razones quedaran sin castigo ni tampoco juzgo las hubierais pronunciado.

—Deteneos, repuso el gobernador; tengo resueltos entrambos inconvenientes. El monarca de Castilla nos concederá en sus estados campo libre, y si no queréis ir tan lejos, una de las galeras genovesas ancladas en el puerto nos prestará suficiente espacio para terminar nuestra contienda.

—¿Será posible, —añadió don Juan—, que os hayan arrastrado unos informes equívocos.

—No prosigáis, —interrumpió don Ramón poniéndose en pié, porque vais á mentir.

—Basta ya de insultos insufribles, —esclamó fuera de sí Pertusa dirigiéndose á buscar sus armas, colgadas allí cerca.

—Acabad de una vez y salgamos, —contestó Boil desde la puerta.

Volvió á calmarse en apariencia su contrario, y, retrocediendo hasta el medio de la estancia, compuso la voz y el rostro para decir al gobernador:

—Esperad, caballero, y servíos recobrar la tranquilidad perdida para oir las disculpas que aun no he podido manifestaros. Tenéis razón en reconvenirme por mi galantería con la dama cuyo cariño os pertenece con indisputable derecho; pero nadie mejor que vos puede juzgar la irresistible fuerza de sus perfecciones y lo fácil de rendir el alma ante belleza tan acabada. Si el amor os la pintó sin tacha, ¿son diversos mis ojos ó tengo el corazón cerrado á los encantos de la hermosura? Mas una vez reconocido el error, es la enmienda consecuencia natural, y si prometo arrepentido solicitar el perdón de doña Teresa con propósito de nunca volver á ofenderla, ¿me negareis vuestra estimación?

—Ningún interés tengo en reñir con vos, don Juan, una vez que tan propicio os mostráis á confesar la falta cometida. Me doy por satisfecho con tal que ni aun para demandar perdones volváis á cruzar palabra alguna con la señora á quien habéis ofendido, y mirad bien cómo guardáis la promesa empeñada, pues debo advertiros que no sufriré la menor falta en ello.

Con esto volvió la espalda resistiéndose á escuchar la voz interior que le gritaba no diese crédito á las cobardes protestas de su enemigo, pues su noble pecho rechazaba la idea de que un hidalgo degradase hasta ese punto el blasón de sus abuelos.

 

DIONISIO CHAULIÉ.

Dionisio Chaulié y Ruiz (Madrid, 1814 -5 de agosto de 1887) fue un periodista, tipógrafo y escritor español.

Dirigió la Imprenta del editor Francisco de Paula Mellado o de la Sociedad Española de Crédito Comercial.

Fundó “El Tipógrafo” (1862-1863) y fue redactor jefe de “El Tiempo” y director de “El Globo Ilustrado” (1866-1867).

Colaboró en El Museo de las Familias, Occidente de Asturias, Flor de la Infancia, La América y Revista Contemporánea, para la cual escribió una serie de cuadros de costumbres que reunió luego en el libro Cosas de Madrid: apuntes sociales de la Villa y Corte (Madrid: M. G. Hernández, 1884; segunda edición Madrid: M. M. de Santa Ana, 1886, tres vols. con los títulos Memorias íntimas, Informes de un testigo y Aventuras de dos prisioneros de guerra), reimpreso varias veces modernamente.

Transcripción de Jesús Moya Casado

Associació Templers de Burjassot©

(Continua)

LA CALLE DELS SANTETS. Crónica valenciana (II)  https://templersdeburjassot.wordpress.com/2017/03/01/la-calle-dels-santets-cronica-valenciana-ii/

LA CALLE DELS SANTETS. Crónica valenciana (III)  https://templersdeburjassot.wordpress.com/2017/03/02/la-calle-dels-santets-cronica-valenciana-iii/

LA CALLE DELS SANTETS. Crónica valenciana (IV)  https://templersdeburjassot.wordpress.com/2017/03/03/la-calle-dels-santets-cronica-valenciana-iv-final/

 

 

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