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El colapso del califato omeya islámico después de 1009 y su desintegración en un mosaico de estados taifa concurrentes había dado lugar a un cambio profundo en el equilibrio peninsular del poder en favor de la Reinos del norte cristiano-León, Castilla, Navarra, Aragón y los condados catalanes -que durante tanto tiempo habían tenido que inclinarse ante el poder militar musulmán. Rodrigo; de familia aristocrática castellana,  se elevó a la prominencia en la corte de Sancho II de Castilla (1065-72), a quien se dice que ha servido como Jefe de su séquito militar personal, y después del asesinato del rey, él sigue siendo una figura destacada en la corte de su hermano Alfonso VI León y de Castilla (1065/72 – 1109). En 1081, sin embargo, la incursión no autorizada contra la taifa musulmana de Toledo, tributaria del  Reino de León, fue desterrado por el rey.

Rodrigo finalmente encontró empleo a sueldo de la taifa de Zaragoza, a la que sirvió como capitán mercenario con un considerable éxito. Su experiencia en el campo de batalla contra enemigos musulmanes y cristianos por igual, incluyó aspectos tan destacados como la derrota en la batalla de Tévar del Conde Berenguer Ramón II de Barcelona en 1082 y del Rey Sancho Ramírez de Aragón dos años después, (batallas de Almenar y Olocau), le ganó gran fama y fortuna.

A través de su habilidad militar y su éxito atrajo a soldados a su servicio, no sólo de su Castilla natal, sino de Portugal y de Aragón también fue capaz de obtener cantidades elevadas en parias (tributo) de los gobernantes musulmanes menores del sureste de España. Posteriormente, consciente de que la conquista gradual de las taifas por la almorávides amenazaba su propia base de poder en el sureste de España, capturó la ciudad de Valencia el 15 de junio 1094, repelió dos ataques almorávides que intentaron desalojarlo (en 1094 y nuevamente en 1097) y se estableció como un príncipe independiente en la región. Rodrigo gobernó Valencia hasta, “a la gran pena de la cristianos y la alegría de sus enemigos paganos “, como relató un monje de la abadía de Maillezais en Poitou en un grabado, murió en julio de 1099.

El poeta oscense afincado en Valencia, posible autor del “Cantar de Mío Cid”, al-Waqqashi, se lamenta así de la suerte de Valencia:

“tus muros han perdido su firmeza y se desmoronan [] esas lujuriantes huertas que te circundan, el lobo rabioso les hurgó las raíces y no pueden dar flor”.

Hay una fuente que aún no ha recibido la atención que merece como el único documento elaborado en el nombre del Cid en Valencia que ha sobrevivido hasta nuestros días. El texto en cuestión, es la carta de dotación que Rodrigo Díaz concedió al obispo Jerónimo de la ya catedral de Santa María en algún momento de 1098, cuatro años después de la toma de la ciudad,  se trata de un testimonio directo y no regio sobre la “Reconquista” a finales del siglo XI.

Es un diploma auténtico y original cuya redacción se debe con toda probabilidad al dicho obispo o a su cabildo y que contiene la confirmación autógrafa de Rodrigo. Éste nos permite hacernos una idea de la organización del señorío valenciano (por lo menos en sus estructuras de tutela), de sus relaciones con Castilla, y de las representaciones imaginarias que se fraguaron en torno a Rodrigo con el propósito de interpretar su aventura y apoyar sus aspiraciones.

La carta se conserva ahora en el archivo de la catedral de Salamanca, donde probablemente fue depositada por Jerónimo después de la evacuación cristiana de Valencia en la primavera de 1102 y su posterior elevación a las sedes de Salamanca y Zamora en junio de ese mismo año. La carta es importante por una serie de razones, pero la característica que más ha llamado la atención de los historiadores se encuentra al pie del texto, donde el Cid, autografía la carta: –ego Ruderico, simul cum coniuge mea, afirmo oc Quod superius scriptum est- (Yo Rodrigo, junto con mi esposa, confirman lo que está escrito más arriba).

El hecho de que el archivo contenga otra carta valenciana, de la viuda del Cid, Jimena Díaz, del 21 de mayo de 1101, refuerza la posibilidad de que estos documentos fueron llevados a Salamanca por el obispo Jerónimo, que incluso después de 1102 todavía albergaba esperanzas de recuperar sus propiedades en Valencia y consideró prudente depositarlas en el archivo de Salamanca para su custodia.

Veremos las circunstancias que dieron lugar a su redacción: Tras la conquista de Valencia en junio de 1094, la prioridad del Cid fue consolidar su poder; los ciudadanos de Valencia habían tratado despiadadamente al ex gobernador Ibn Jahhāf (Ibn Yahhaf), ejecutado.  Los ataques almorávides contra la ciudad habían sido repelidos (en 1094 y nuevamente 1097), y el Cid también había llevado a cabo una serie de operaciones para reforzar su autoridad sobre la región. En junio de 1098, en el transcurso de una de esas operaciones, conquisto Murviedro.

El cronista no lo dice, pero lo más probable es que fue entonces cuando Rodrigo concedió la catedral de Valencia (1096) a su recién instalado obispo, Jerónimo. Al hacerlo, parece haber pasado por alto los derechos del obispo mozárabe de Valencia, que hasta ese momento había tenido autoridad sobre la comunidad cristiana que vivía bajo dominio musulmán.

Se sabe muy poco sobre la vida de Jerónimo. Según una fuente, provenía del Périgord en Dordoña (De partibus Petragorice) y se afirma a menudo que había servido en el monasterio cluniacense de Moissac (departamento de Tarn-et-Garonne);  abadía que intervenía con frecuencia en los asuntos ibéricos de la época;  antes de cruzar los pirineos.

En los tiempos visigodos, antes de la conquista musulmana, Valencia había sido una sede subsidiaria de Toledo. Pero la carta de el Cid explícitamente afirma, que Jerónimo había sido aclamado unánimemente y canónicamente elegido y había sido consagrado obispo “por la mano del Papa” (por Romani pontificis manus) y elevado al obispado por un privilegio especial (Specialis privilegii libertate). La conclusión más plausible debe ser que el Cid, deseoso de reforzar la independencia de su principado tanto en lo espiritual como en lo temporal, solicitó antes de 1098 que Valencia se pusiera bajo la autoridad directa del papado y no del arzobispo de Toledo y que su petición había sido concedida.

El nombramiento de Jerónimo de Périgord como titular de la sede de Valencia, y la decisión del Cid de emitir el diploma de 1098, como la adjudicación de otros obispados al Cluny, -en León, Pamplona y Aragón , nos indica la influencia de la Orden Cluniacense en los asuntos peninsulares.

La segunda parte del documento hace una lista de las propiedades de los alrededores de Valencia. Se entregan a la catedral algunas fincas, aldeas o agrupaciones de aldeas: Picasent, Alcanicia [del árabe. al kanisa “la iglesia”, puede referirse también a una institución religiosa mozárabe (tal vez una Alquería de Alcira)], Cebolla (El Puig), Mirisuetero (¿Murviedro?), Almenar (Almenara), Burriana, Sabalackem y Farnals. Se evocan asimismo tierras adquiridas o recibidas en donación por los “fieles” –fideles en el sentido de cristianos–, a los que Rodrigo autoriza a dar libremente sus bienes a la catedral “pro remedio animae” (para la salvación de su alma).

Los príncipes de la reconquista siempre habían porfiado en controlar el traslado de tierras del dominio laico al dominio eclesiástico, pero queda sobre todo claro que Rodrigo ejercía en el territorio valenciano, tanto sobre su suelo como sobre sus hombres, derechos tan completos como los que detentaban los soberanos leoneses y castellanos.

La fundación del principado de Valencia por Rodrigo Díaz fue un ejemplo del “expansionismo aristocrático” que impregno la Europa de los siglos XI y XII. Rodrigo Díaz tenía mucho en común tanto por su motivación como por el Modus operandi, con los igualmente ambiciosos y solitarios magnates que durante este período crearon señoríos independientes para sí mismos en lugares tan lejanos como Sicilia, Ulster o Brandenburgo.

Princeps, significa, “señor”,  en este diploma, señor independiente de Valencia, “príncipe no real”. El príncipe de Valencia no gozaba del rango “natural” ni de la legitimidad que le hubieran autorizado a nombrar, por ejemplo, a comites. Esto era privativo de reyes y emperadores. También resulta improbable que los hombres que le rodeaban fueran verdaderos magnates, con la excepción, quizás, de su yerno Ramiro, señor de Monzón y vástago de una rama bastarda de la antigua dinastía real de Pamplona -el cual bien podría ser el “Ramiro” que encabeza tanto a los confirmantes de nuestro diploma como a los de otra donación, concedida tres años más tarde por Jimena, lo que traduzca quizá cierta permanencia en la corte. Por supuesto, altísimos personajes pasaban por Valencia: Pedro I de Aragón, también el conde de Barcelona, quien, superlativamente interesado por la herencia valenciana, se casó -al parecer el mismo año en el que se redactó nuestro documento- con una hija del príncipe. Los historiadores musulmanes, más moderados y próximos a la realidad, mencionan a algunos colaboradores judíos y árabes (al Waqqashi) así como a unos cuarenta caballeros aragoneses que protegían la ciudad. Para designar a Rodrigo y a sus compañeros, Jerónimo habrá buscado en el modelo imperial, del que se habían valido al principio los mismos reyes, el vocabulario mediante el cual afirmar la nueva dignitas del señorío valenciano –y con ella la de un obispado recién restaurado.

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El espíritu de cruzada en que bañaba entonces Occidente, la potente ofensiva de los almorávides quienes, unificadores de al-Andalus, presionaban ahora las zonas levantinas, habrían convencido al cluniacense Urbano II de acceder al pedido del príncipe valenciano en un tiempo en el que el pontífice, sin embargo, hacía todo lo posible para consolidar la potencia autónoma de la Iglesia y también su unidad.

Después de la toma de Valencia, todos los esfuerzos de Rodrigo se orientaron hacia la consolidación de su independencia señorial, hacia la constitución de un principado soberano desvinculado de la tutela secular del rey de Castilla así como de la tutela eclesial del arzobispo de Toledo.

Javier Martínez Santamaría

Associació Cultural Templers de Burjassot©

Bibliografía

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