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“Unas semanas atrás publicóse en estas mismas páginas una información sobre las barracas, esas típicas viviendas valencianas que arrancan de tiempos perdidos en la historia, y que se mantienen hasta hoy. No se crea, sin embargo, que son las únicas moradas típicas de los vergeles valencianos. Hay que tener en cuenta las alquerías, grandes edificios pertenecientes a los señores de la tierra, muchos de los cuales—edificios— aún conservan sus piedras blasonadas, sus ventanas con ajimez y sus bélicas torrecillas.

Además, ¿cómo olvidar, sobre todo en una busca de lo pintoresco, las viviendas de los trogloditas? Porque, señores, en pleno siglo XX hay trogloditas en el mismo término municipal de Valencia.

—¿Y qué clase de trogloditismo es ése?— preguntará alguien.

Al parecer, no es una tradición heredada de edades prehistóricas. Lo más común es atribuir su origen á las postrimerías del siglo XVIII. Y se halla extendido en los pueblos ó ex pueblos de Benimámet, Burjasot, Godella, Rocafort, Moncada, Paterna, Ribarroja, Villamarchante, Bétera… Aún hay en la misma provincia de Valencia otra población con mansiones subterráneas—Fuente la Higuera—; pero tiene otro carácter completamente distinto del grupo que se ha citado.

Teodoro Llorente habla en los siguientes términos de dicho trogloditismo: “La índole del terreno favorece la construcción de estas habitaciones subterráneas. La roca que forma esta meseta de Burjasot, compacta é impermeable (y lo mismo puede referirse de los otros puntos) es blanda al pico y se endurece por la acción atmosférica. El industrioso troglodita escoge el borde de algún morro poco elevado; abre en él la puerta de la futura casa, y sin más instrumentos que una piqueta, una ligona y un capazo para sacar los escombros forma un túnel, avanzando hacia el interior. Cuando ha socavado un departamento suficiente, traslada allí su cama y ya tiene habitación. Empleando los días festivos y los ratos que le deja libre su trabajo, va ensanchando su morada y agujerea la bóveda para que salga el humo del hogar y entren la luz y el aire. Concluir la casa es, á veces, faena de cuatro ó cinco años. La tierra y el casquijo extraído de ella sirven para regularizar la entrada, formando ante la puerta una plazoleta, que una higuera, una parra y algunas flores convierten á veces en alegre huertecillo. Todo está muy limpio, muy enjalbegado.”

2En efecto, en efecto. Y conviene insistir acerca de esta pulcritud, porque constituye una nota destacadísima en el carácter de estas mansiones subterráqueas. Contra lo que pudiera creerse á primera vista, no son sede de personas zarrapastrosas y miserables, sino de ciudadanos que heredaron semejantes habitáculos ó que los adquirieron de otro modo, y que viven de una manera perfectamente normal. Es más: hay cuevas —que este nombre suele dárseles—convertidas en establecimientos, principalmente de comidas y bebidas. Y no falta alguna que en su breve frontispicio ostente la consabida inscripción de “Villa Fulanita”, porque, además, sirven como paraje veraniego de personas que el resto del año viven en el casco de la ciudad. Por cierto que en las cuevas susodichas reina durante el estío una temperatura muy agradable, así como en invierno no se notan excesivamente los rigores del frío.

Por lo demás, ese valor pintoresco adquiere categoría artística. Estribaciones serranas, lomas de color leonado. Apenas hay en ellas vegetación. Solamente crecen las piteras, de hojas como espadas antiguas y de pináculos como lanzas agudas, y los nopales, de ramificaciones caprichosas con sus palas de espinas. Acá y acullá se abren las cuevas. Declives insospechados, boquetes con cercas de piedras encaladas, chimeneas á ras del suelo. Las perspectivas están dispuestas por el geniecillo rabioso de la arbitrariedad. Y se piensa en paisajes de la pintura nueva…

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Estas habitaciones llegaron á su apogeo á últimos del siglo XIX. Hay datos referentes á la cantidad de cuevas que por entonces había en varios de los pueblos citados: Paterna tenía 297; Benimámet, 153; Burjasot, 83; Godella, 64; Moncada, 10… La mayoría de tales viviendas, excavadas en terreno comunal, no estaban inscritas en el Registro de la Propiedad ni pagaban contribución. La propiedad se transmitía mediante contrato privado. Su valor en venta variaba tanto que iba de 100 á 1.000 pesetas.

Ahora—cuando hasta en las ciudades históricas y meridionales gallean los rascacielos—es natural que las cuevas no continúen socavando lomas. Incluso puede hablarse de una ofensiva contra las cuevas…

La concreta una circular del Gobierno Civil en la que se llama la atención de los alcaldes respectivos para que hagan una detenida inspección de las viviendas subterráneas en su término correspondiente. Y á base de esa inspección habrán de redactar una relación en la que consten: el nombre del propietario, situación de la morada, departamentos de ella y extensión de cada uno, sistema de ventilación y de iluminación empleado y número de habitantes que normalmente la ocupan. Harán constar asimismo si dan albergue á animales y su número y especie.

Mientras tanto, las Juntas Municipales de Sanidad informarán con el mayor detenimiento respecto á las condiciones higiénicas, señalando aquellas que por sus condiciones constituyen un peligro para la salud pública. Y á los habitantes de las cuevas se les hará saber que es indispensable que se preocupen de sustituir su actual vivienda por otra normal que reúna aceptables condiciones higiénicas.

Ahora bien: para facilitar esta aspiración, todos los Municipios estudiarán la construcción de casas baratas y de habitaciones económicas, que pondrán á disposición  de los ocupantes de las cuevas para poder inutilizar éstas.

Cualquiera que sea el procedimiento que dé por resultado el desalojamiento de una cueva—terminaba diciendo, poco más ó menos, la circular—, se aprovechará por los Ayuntamientos para destruirla, á ser posible, y desde luego, se prohibirá que sea nuevamente ocupada como mansión.

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Perfectamente. Todo cuanto sea procurar la vigencia de las condiciones higiénicas ha de ser atendido no sólo con interés, sino con rigor, á pesar de todos los sabores pintorescos.

Claro está que también puede ocurrir que una nota pintoresca llame la atención sobre defectos que de otra manera pasarían inadvertidos. ¡Cuántas habitaciones hay en las grandes ciudades más insalubres y más infectas que esas viviendas de los—perdón por la frase—trogloditas novecentistas!…”

ALMELA Y VIVES

portada

Artículo publicado en  “Mundo Gráfico” Revista Popular Ilustrada,  5-III-1930. pp 16 y 17.

 

Francisco Almela i Vives (Vinaroz, 9 de noviembre de 1903 – Valencia, 24 de septiembre de 1967). Fue archivero del el Archivo Municipal de Valencia y cronista de la ciudad, además de miembro correspondiente de la Real Academia de la Lengua Española, la Real Academia de la Historia, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid y de la Hispanic Society of America de Nueva York.

Jesús  Moya Casado

Associació Cultural Templers de Burjassot©

 

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