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La plaza de Santa Catalina, siempre fue punto de reunión de los amantes de perder el rato. Ello le valió el nombre de Puerta del Sol valenciana.

En esta plaza, desde antiguo, hubo dos horchaterías, una de las cuales data del primer tercio del siglo XIX y la otra de fecha no muy posterior, y ambas podían considerarse como otras tantas instituciones valencianas. Una de ellas tenía una gran rotonda y era muy espaciosa; su compañera era mucho más pequeña; a duras penas se pudieron colocar un par de docenas de mesas. El público les prestó siempre su favor. La proximidad del mercado favoreció a la más grande, que constantemente se vio concurrida de gente de nuestra huerta y de los pueblos más cercanos; la más chica, por su aspecto recoleto, obtuvo en poco tiempo el agrado de las clases burguesa y aristocrática, pero sin el boato y la ostentación de los establecimientos de moda. Las mañanas se veía visitada por un nutrido núcleo de señoras que, después de realizar sus prácticas religiosas, allí acudían a saborear el rico chocolate con la sabrosa ensaimada o el esponjado panquemado, y el vaso de horchata de chufas si era verano. Por las tardes, para muchas familias, especialmente matrimonios ya entrados en años, era obligada visita para tomar allí la merienda.

Solía la dueña, o la esposa o hija del dueño, sentarse en un “comptoir” pequeño, y desde allí no sólo vigilar el servicio y hacer los cobros, sino cambiar saludos y algunas frases cariñosas con las asiduas clientas.

Tiempo después cambiaron mucho estas horchaterías en cuanto a tipismo. Su decoración era la misma, salvo que se agregaron y habilitaron otras dependencias; pero una de las notas características, por lo muy valenciana, era la de que los sirvientes, todas mujeres, vistiesen el vestido de labradora de aquellos últimos tiempos: falda y cuerpo de percal muy fruncido y con un gran vuelo la primera, y muy ceñido el segundo, pañuelo de seda al cuello y peinado pueblerino. Una y otra se surtían de muchachas de los pueblos de nuestra provincia, y la más pequeña, que después varió su vestimenta a negro con graciosos delantales blancos, eran todas de un solo pueblo, de Alcublas, y esto, desde siempre. Las doce o catorce muchachas, todas ellas guapas, vivían en comunidad, bajo el patronato pudiéramos decir de los dueños del establecimiento, y allí servían cuatro, seis u ocho años, recogían lo necesario para reunir un “capitalito” y se volvían al pueblo, donde se casaban. Todas ellas eran jóvenes y desde luego buenas chicas, sin que jamás ninguna de ellas hubiera “hecho que decir”.

Si las paredes de esas horchaterías hubieran hablado, ¡cuánto podrían haber contado! La historia de dos siglos de Valencia pasaron por ellas. No hubo suceso triste ni venturoso que allí dejara de comentarse, y más de una vez se habrían tratado en sus mesas asuntos de gran trascendencia que luego se ejecutaron en la vida política. ¡Y qué admiraciones y aspavientos los que algunos sucesos suscitaron en las timoratas y pacíficas clientelas! Seguramente que de doscientos años a esta parte serán muy pocos los hijos de la ciudad de Valencia que no entraron alguna vez en dichas horchaterías, y desde luego, no hay uno sólo que no las conozca.

Jesús Moya Casado

Associació Cultural Templers de Burjassot©

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