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               Cuando el tercer torero de la terna dio por finalizada la faena al último de la tarde, la luz artificial de la plaza se proyectaba ya sobre el brillante vestido de torear, haciendo que los variados adornos del mismo reflejaran sobre el sudoroso rostro tal variedad de colores, que, sin duda, engrandecían la satisfacción del éxito obtenido.

                  No tardaron en saltar al amarillo albero gran cantidad de aficionados para festejar la tarde que les habían brindado los tres diestros, y los “secretarios” rivalizando entre ellos para cargar a hombros con alguno de los tres maestros. La vuelta al redondel fue apoteósica. Los sombreros que durante toda la tarde habían servido para mitigar el sol de justicia que se había soportado, volaban, al tiempo que otro gran número de prendas y olorosos claveles aterrizaban en la arena desde las gradas al paso de la terna al completo. Solamente cuando las cuadrillas cruzaron la arabesca “puerta grande” camino del hotel, el respetable comenzó a salir, sin prisas, comentando y recordando hasta el último detalle de las grandes faenas que se habían vivido esa tarde.

             Ya era avanzada la noche, y la luna sin ningún atisbo de nube que lo impidiera, esparcía su aceitunada luz sobre la vacía plaza de toros, fabricando sombras por cada rincón del ahora, expedito coso. Una leve brisa mecía las banderas con que se adornaba el tejadillo, y que a su vez hacía llegar un suave frescor que aliviaba del tórrido sol de la tarde, con lo cual la estancia en la plaza invitaba al placentero solaz. Por un instante este céfiro se tornó en una fuerte ráfaga que recorrió el monumental edificio de parte a parte. Fue como un soplo, envolvente, fugaz, también silencioso y por cuya fuerza hizo que se levantase un amarillento polvo de albero que cesó tan súbitamente como apareció.

               Al disiparse la polvareda que se había producido, algo se intuía que había cambiado en la plaza.

               En la noche se había instalado un leve susurro; como si los ecos de la gloriosa tarde vivida, no se hubieran apagado del todo. Era como un murmullo que se dejaba sentir de arriba abajo por todo el graderío.

              Cuando el fino y ocre polvo, poco a poco, se fue tornando a posar en el redondel, la plaza comenzó a vislumbrarse engalanada como nunca se había visto: en toda la barrera, una continua guirnalda de hermosas y olorosas rosas trenzadas con verde murta, tapaba en parte los mantones ricamente bordados que colgaban de esta primera fila de asientos. Las variadas forjas que servían de separación a los distintos sectores así como las que rodeaban a cada una de las puertas que daban acceso a los mismos, estaban vestidas de ricos y brillantes rasos que con la verdosa luz de la luna, ahora en el cenit de su curvo recorrido, lanzaban sus fúlgidos reflejos compitiendo en colores y vistosidad con las floridas guirnaldas de las barreras. Toda la enrejada valla que precedía a las sillas de las nayas parecía un tapiz tejido con innumerables pétalos de todo tipo de flores, desparramando un aroma difícil de definir, pero, en cualquier caso, capaz de extasiar cualquier ánimo. La madera del tabloncillo que rodeaba todo el albero lucía cual carmín, como si de los carnosos labios de una bella dama se tratase, solo interrumpido en su continuidad por el blanco resplandeciente de las rayas, recién pintadas, en puertas y burladeros. El graderío, de blanco granito, aparecía con todo su esplendor de la mampostería recién instalada y que contrastaba con el bermellón de los ladrillos caravista, haciendo de las distintas circunferencias concéntricas una diana perfecta y cuyo centro resaltaban, aún más si cabe, las encaladas líneas de picadores.

            Los acordes de un pasodoble recorrían cada rincón de la plaza, haciendo que la conjunción de la vistosidad de la plaza engalanada y la alegría que proporcionaba la música, lo envolviesen todo como un presente para el mejor regalo. El palco donde debía ubicarse la banda de música, aparecía vacío. Únicamente una fuente de luz, ligeramente más intensa que en el resto del coso, iluminaba el sitio como si un haz de luz invisible pretendiese alumbrar el lugar de donde salían las alegres notas que, como susurros, abrazaban la noche.

               Los murmullos que se habían comenzado a escuchar nada más empezar a derramar la luna su luz sobre la plaza, eran ahora algo más que diálogos ininteligibles. Pero… ¿quién originaba esas voces? ¿De dónde provenían, si no había ningún humano en la plaza? Precisamente de eso se trataba: solamente los ojos y oídos con la capacidad y la fantasía necesarias para poder captar lo que se estaba produciendo en la plaza de toros podían ser testigos de ello.

            En la pequeña torre donde se alojaba el reloj, las inexorables saetas negras del tiempo estaban a punto de esconderse, una tras la otra al llegar a las doce de la noche. A esa hora, ya eran nítidas las conversaciones que se escuchaban:

… yo no pienso perderme ni un solo detalle. Se oyó decir a un burladero…A lo que le contestó una barrera:

¿Te gusta cómo me he vestido?

         Hubo a quien una lágrima le resbaló hasta el gozne, como a una de las puertas de toriles, a lo que su hermana gemela, igualmente maquillada, le comentó:

¡Desde luego…! Siempre has sido igual de “plorona”.

Y ¿qué quieres que haga? No puedo evitarlo; han sido muchos los años de espera, viéndoles juntos. ¡Si han crecido a mí alrededor!

A “NUESTRO” alrededor, bonica. Que yo también he estado aquí.

              Las gemelas se quedaron con sus disquisiciones; mientras tanto, en el resto de la plaza las conversaciones seguían.

Pero… ¿a qué hora es?. Preguntó una silla de naya a una reja de la misma.

Han dicho que a las 12 en punto. Afirmó la forja.

Pues ya están a punto de ser. ¡Qué nervios!. Se le oyó decir a la fila 12.

             En el mismo momento de sonar la primera campanada a la que debían seguir otras once, y a los acordes de un nuevo pasodoble, se trasmitió la sensación de que era el momento para el que todos se habían preparado y engalanado.

              La plaza estaba exultante, como se esperaba de alguien en el día más importante de su vida, lucía en todo su esplendor. Vestida para la ocasión, se intuían los nervios que no podían ocultar la hermosura de la que, en ese momento, hacía gala.

             El embrujo de la noche lo envolvía todo y hacía que cualquier movimiento adquiriese tintes de magia. Él, sabía que había llegado el día. Estaba preparado para ello. No sin la inquietud lógica de la espera. Había llegado antes que ella, como corresponde a un novio que se precie, con repetidas miradas al reloj en espera del momento: El embrujo de la noche y la plaza de toros, contraían lazos de matrimonio.

            A la ceremonia no le hacía falta oficiante. Se presentía que el matrimonio sería largo en el tiempo. Él no se separó de ella durante toda la noche, como arropándola, como si quisiera que con ello darle el calor que necesitaba.

         La fiesta que siguió, se prolongó hasta muy cerca del amanecer. Hubo ¡vivas! a los novios. Algún exceso con las bebidas. Muchos brindis… y mucha música. Todo dentro de la normalidad de una fiesta al uso.

           Cuando las primeras luces del alba fueron abriéndose hacia el nuevo día, la plaza fue retomando su pulso normal, en espera de más tardes de triunfo, con toreros noveles o consagrados, con los que el nuevo consorcio estará presente ya para siempre. Solo unos pocos privilegiados, serán capaces de ver al matrimonio junto. Él abrazando a ella, y ella recibiéndolo estoica, serena, gozosa, sabiéndose especial.

           Con la luz del nuevo día, las conversaciones y los murmullos se acallaron, las barreras y palcos volvieron a aparecer desnudos de flores y guirnaldas. El palco que acogía la banda de música, entre el añublo de los primeros rayos de sol luchando por abrirse paso, aparecía mudo y en el resto de la plaza se podían adivinar los apagados colores, que el paso del tiempo había ido produciendo en maderas y piedras.

          Posiblemente todo lo aquí descrito haya sido motivado por la fantasía de alguna pluma capaz de reflejar en unas cuartillas un irreal cuento, quizás tan infantil como inverosímil.

             Al entrar en la plaza el primer operario encargado del mantenimiento del coso, con el cansado paso de quien día tras día acomete el mismo y monótono trabajo de revisar que todo esté en su lugar, no reparó en una flor y un clavel que, entrelazados, descansaban en el mismo centro del redondel y como un suave viento, al mover los pétalos, dejó que resbalasen unas perlas del rocío que la noche había ido depositando en los dos y al calar en la arena de albero, sirvió, a su vez, de frescor para mantener por más tiempo su ciclo vital.

             ¿Y si todo no había sido una fantasía?

Jesús Moya Casado

Imágen de portada:

Arte Taurus. Miquel Barceló. https://es.pinterest.com/pin/466333736385707069/

Associació Cultural Templers de Burjassot©

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