“YO ME SÉ EL HIMNO DE VALENCIA”

Cuando esta frase sonó en mis oídos, me llenó más de preocupación que de sorpresa. Yo estaba seguro de que quien dijo esa frase no había salido de su castellano pueblo, es por esto que creí que el anciano estaba perdiendo el juicio. La frase me la dijo sin que mediara ningún tipo de conversación; como dicha inconscientemente, lanzada al aire. Pasada la preocupación, llegó el interés.

¿Qué has dicho?

Que yo me sé el Himno de Valencia.

A quien pronunció esa frase, siempre le había conocido viejo: la piel quemada por el sol y el frio, con su impenitente boina, que todos los días siete de septiembre era cambiada por la nueva y que, una vez acabadas las fiestas patronales, volvía a guardarse entre las bolas de naftalina en espera de algún acontecimiento especial, fundamentalmente algún entierro en el que hubiera que dejarse ver, por el qué dirán.

Yo había ido de visita desde Valencia, donde resido desde el año 1971. Nunca habíamos hablado de su participación en la contienda de la guerra civil; siempre me había dado la sensación que no le gustaba esa conversación, y yo se lo respetaba.

Y tú, ¿Cómo es que sabes el Himno de Valencia? ¿Cómo es eso? 

Su respuesta fue un torrente de explicaciones y recuerdos, como si estos hubieran estado esperando el momento oportuno para ser expuestos a corazón abierto:

Nos lo enseñaron los valencianos cuando estuvimos haciendo los cursos de teniente en “Porta Celi”. Todas las mañanas, cuando formábamos fuera, cantábamos el Himno de Valencia. 

Y se puso a canturrear: “Per a ofrenar noves glories a Espanya,  tots a una veu germans vingau. Ya en el taller……”

Y eso, ¿en qué año era?  Pregunté yo.

En el 1939, un poco antes de terminar la guerra.

Entonces, ¿tú fuiste teniente durante la guerra?  Inquirí.

No pudimos terminar los cursos, porque se acabó la guerra antes.  Me dijo

Es decir que tienes el grado de sargento.  Le dije con una media sonrisa.

¡Ni sargento, ni “na”! Aquello en vez de ejército, era un desastre. ¡Fíjate tú que casi no sé ni escribir y me hicieron sargento…  como si me hubieran hecho general! Allí en los cursos de Valencia, nos ponían problemas de trigonometría… ¡casi “na”! 

Pero durante la guerra sí que fuiste sargento ¿no?

Eso es.  Me dijo.

Y ¿dónde estuviste durante la guerra? 

Cuando me alisté, me mandaron “pa” Córdoba. Por allí estuve trece meses. Después me vine “p’acá”, a un campamento que había en los altos que hay entre Valdelaguna y Chinchón. ¡Por cierto! –dijo a la vez que esbozaba una sonrisa– estando ahí me pasó un caso muy curioso. 

Cuéntamelo.  Le dije con otra media sonrisa de complicidad.

Pues resulta que, yo ahí ya era sargento, en una de las tiendas de mi sección teníamos detenido a un “facha” y los míos no paraban de meterse con él. Que si “mañana lo fusilamos”… Que si “lo dejaremos sin rancho”… “Que si tal, que si cual”… Y yo los reuní y les dije: El que toque a este hombre un pelo, después se las tendrá que ver conmigo. 

¿Tú eras de los republicanos?   La contestación fue inmediata.

¡Hombre! Yo era de Largo Caballero, ¿con quién me iba a alistar?  Me dijo, como si le hubiera molestado mi duda.

Bueno, la cosa es que ya no se volvieron a meter con él. Y, como yo sabía que él era de Valdelaguna, un día le dije:  ¡Oye, ven “p’acá”! ¿Tú eres un hombre? Por supuesto–me dijo- Vale, esta noche, después de la retreta, te vas a ir a ver a tu novia a Valdelaguna y mañana, antes de la diana, te quiero ver aquí. ¿Eres capaz de hacerlo? Y me dijo que sí. 

En ese momento se calló y con la mirada perdida en el suelo de tierra yo no me atreví a romper el mísmo. Él sólo movía la cabeza lentamente a derecha e izquierda con un rictus parecido a la ironía. Al final, le pregunté…

Y qué… ¿volvió? 

Bastante antes del toque de diana.  Me dijo.

Me pareció que estaba disfrutando con el relato; como si se estuviera quitando un peso de encima al compartir esos recuerdos. De modo que continué con mi interrogatorio.

¿Y qué hiciste cuando terminó la guerra?  Pregunté.

El 27 de mayo de 1939, nos dijeron en “Porta Celi” que nos buscásemos la vida como pudiéramos, que aquello se había “terminao”, pero que no cogiéramos ni tren ni coche, que estaban “mu vigilaos”. Que si queríamos que fuéramos p’Alicante, que estaban saliendo barcos para Francia. Pero yo dije que “na de na”. Así es que… “carretera y manta” hasta casa. Andaba por la noche, y descansaba por el día. Tardé una semana. Iba tranquilo porque yo no tenía las manos “manchás” de sangre.

¿Y qué pasó cuando llegaste aquí?   Me interesé.

¡”Na”! Como si no hubiera “habío” guerra. Llegué y enseguida me coloqué en la cantera y luego en los hornos de cal.   Contestó rápido. Yo no lo tenía muy claro, pero sabía que había habido “algo más”.

Pero, tú estuviste en la cárcel después de la guerra, ¿no?.    Aseveró de inmediato

¿Por qué?

Sentado en una silla de enea, abrió las piernas y dejó caer las dos manos juntas entre ellas; dio un respiro profundo y perdiendo la mirada, me contestó:

Resulta que un día subieron a la “Sical” cuatro guardias civiles. Le preguntaron al encargado por mí y me dijeron que les tenía que acompañar al cuartel. Allí me tuvieron en un cuarto con tres sillas y una mesa, más de dos horas; yo sólo. Después entró el cabo y un número. El cabo se sentó y dejó el tricornio encima de la mesa y me dijo: ¿Te parece bien lo que tú haces?-¿Qué es lo que he hecho?-Pregunté- Y me arreó una “hostia” que me reventó el oído. El guardia que había allí me intentó levantar, pero el cabo no le dejó. Todo era preguntarme que por qué… que qué “necesidá” tenía… que si me parecía bien… pero, yo ya no volví a preguntar. Al rato salió el guardia y volvió con una botella de “coñá”, unas onzas de chocolate y un vaso pequeño. El cabo me llenó el vaso y me dio una onza de chocolate y me dijo ¡Bebe! Ni siquiera me atreví a decirle que yo no bebía “na” más que agua, así es que le di un trago y pegué un “bocao” al chocolate y él me dijo ¡Termínatelo! Me terminé “la coñá” y me volvió a llenar el vaso… así no sé cuantas veces. Después ya sólo me acuerdo que me desperté en el calabozo; que me dolía mucho la nariz, yo  creo que desde entonces no respiro bien, y tenía un corte aquí –dijo señalándose el pómulo derecho- Si me bebí una botella de “coñá”, devolví  tres… y si me comí una onza de chocolate, devolví cuatro. 

No quise interrumpir el relato; quería oírlo en toda su extensión y con toda su expresividad.

Pero, ¿por qué el coñac y el chocolate?   Le dije.

Porque así la borrachera era más gorda.   Me dijo con pena.

¿Y… qué es lo que habías hecho? 

No había hecho “na”. Vino mi sobrino Ángel a traerme una muda y me dijo que había leído los “papeles” y decían que yo había hecho unas “pintás” en la “paré” de “L’Agraria” metiéndome con la Falange y que yo había “firmao” el papel. ¡Fíjate tú, yo, que sólo se hacer mi firma… y mal!– Dijo esbozando una media sonrisa que más era de pena que de otra cosa-. ¡Y que lo había “firmao”… pues claro que lo había “firmao”; eso y “to” lo que me hubieran puesto delante. –Dijo, ahora sí, escapándosele una sonora risa.

¿Y por eso es por lo que estuviste en la cárcel?   Pregunté yo.

Pues sí. Dos años y tres meses en la cárcel de Alcalá. Y lo mejor es que al año y medio cogieron al que había hecho las pinturas, pero a la cárcel no llegaron los “papeles”.   Me dijo con pena.

¿Y quién fue el que dijo que habías sido tú?

Uno del sindicato que era vecino del “agüelo” Fructuoso.  Dijo quitando importancia al hecho. El seguía con la mirada perdida y entornando los ojos, siguió…

Pero lo mejor me pasó en la estación de Atocha, cuando llegué de Alcalá.

¡Ah, pero ¿hay más? 

¡¡¡Buuuffff!!!!!. Cuando bajé del vagón,–siguió- alguien me cogió de la manga de la pelliza y me preguntó que si sabía quién era. Yo le dije que no. Y empezó a preguntarme como si fuera un interrogatorio: ¿tú no has sido sargento con los rojos?…  ¿tú no estabas en los altos de “El Campillo”?…  ¿tú no mandaste a uno a ver a la novia a Valdelaguna?… Estaba claro que me conocía. Y va y me dice: vamos a un tomar un café ahí a la cantina de la estación. Yo le dije que tenía que coger el coche de línea, pero él, casi empujándome hacia la cantina, me “soltó”: no te preocupes que si lo pierdes yo te llevaré.  Entramos en la cantina y pidió dos cafés; el “tío” iba vestido de categoría: un buen abrigo, traje y unos buenos zapatos. Cuando habíamos echado un par de tragos al café, de pronto me dijo: -Yo soy el que dejaste ir a ver a la novia a Valdelaguna. Yo pensé: -¡Madre mía, ya estamos otra vez! Pero no; me tranquilizó y estuvimos recordando aquellos tiempos y… hasta nos reímos.  Me preguntó si estaba “casao” y que cuántos hijos tenía y “toas” esas cosas. Me dijo que era no sé qué del Gobierno…  En un momento de la conversación me preguntó de dónde venía y  cuando le expliqué todo lo que me había “pasao” y me preguntó si sabía quién era el que había dicho que era yo el que había hecho las “pintás”, y yo le dije: ¡Pues claro, si es vecino! Y va y me suelta -¿Quieres que vayamos y le pegue un tiro? -¡Mira!, me temblaron las piernas y me tuve que agarrar al mostrador porque si no, creo que me hubiera caído. Y, además, insistió: -Te lo digo de verdad. Pero, no sé cómo me salió la voz, y le dije: -Hombre, si no te lo pegué a ti estando en guerra ¿vas a ir ahora a cargarte a uno, cuando ya se ha “acabao to”? Y yo creo que eso le hizo pensar y ya no volvimos a hablar de “to” esto. Me dio un papel con su nombre y unas señas, pero “me se” perdió. Cuando salimos de la estación de Atocha, llamó al que estaba con él en el andén y le dijo que me trajera a casa en un coche… y que si volvía a tener algún problema con quien fuera, que me pusiera en contacto con él; pero como te he dicho, perdí sus señas. Y así volví a Morata después de “to” este jaleo… y hasta hoy.

Bueno, pues va, vamos a cantar el himno los dos juntos.  Dije yo. Y los dos de pie, comenzamos a cantar:

Per a ofrenar noves glories a Espanya

tots a una veu germans vingau.

Ya en el taller……

Nota del Autor: El personaje de esta historia verdadera fue Ramón Moya Sánchez, mi padre, y todas las fechas y detalles que aquí se relatan son la trascripción de la grabación que le hice en su casa de la calle General Mola, 48 de Morata de Tajuña (Madrid) en el año 1979.

 

Associació Cultural Templers de Burjassot©

Nota de los Editores: “Escuela Popular de Guerra N°1 de Intendencia. Porta Coeli (Valencia). El acceso a estas escuelas, requería haber estado en el frente un mínimo de 3 meses  entre otros requisitos, además de una recomendación del mando (comisario o jefe de unidad), finalizaban los cursos con rango de sargento, pasados 3 meses en el frente con ese rango, automáticamente ascendían a Tenientes”. (Fuente: Archivo D. Vicente Manzana de Pedro).

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